lunes, 9 de abril de 2012

PRIMUM VIVERE DEINDE PHILOSOPHARI: UNA NUEVA RECONSIDERACIÒN DE LA CUESTIÒN


Primum vivere deinde phisophari. Esta locución latina, evidentemente, goza de gran popularidad. Se la ha utilizado desde distintas posturas, jugando siempre con su sentido eminentemente pragmático. Uno de estos usos ha sido el de señalar la prioridad del contenido vital, por sobre la especulación del mismo: “me interesa vivir, tener vivencias, antes que representarme las mismas”. También se la ha utilizado para señalar la posibilidad de que el filosofar emane como una preocupación de la subjetividad por sí misma. En este sentido, puede verse la famosa expresión de Montaigne: “yo mismo soy el contenido de mi libro”. A su vez, la expresión ha sido utilizada para apuntar la prioridad de las necesidades orgánicas por sobre la actividad intelectual; como diciendo: “no se puede filosofar con el estómago vacío”. Finalmente, se la puede ver como un representante ilustrativo del punto de vista vitalista: primero es la voluntad (de vivir o de poder), luego la racionalización de la misma.
Seguramente existen muchos otros usos. Pero estos son las que a mí me han venido en mente. Ahora bien, existe un uso que en general no he visto atribuido a dicha expresión, y que me gustaría poder desarrollar.

Desde una perspectiva evolutiva podemos decir que la expresión resulta palmariamente correcta. En efecto, al observar nuestro entorno podemos cotejar la existencia de una infinidad de organismos que no necesitan de pensamiento consciente para adaptarse a su medio. Si pudiésemos traducir su estrategia adaptativa en términos cognitivo/lingüísticos, probablemente obtendríamos un imperativo como éste: “(sobre) vive, y si puedes, reproduce tus genes”. Así pues, dado que el desarrollo de grandes cerebros capaces de formular teorías del medio resulta extremadamente costoso, tal vez no debamos sorprendernos de que, salvo raras excepciones, ésta haya sido la estrategia adaptativa predominante. Sin embargo, podemos imaginar condiciones es las que otras formas de adaptación resulten ventajosas. Y, en efecto, existen organismos en los que la transmisión cultural constituye una estrategia más de adaptación. Y, además, existe una especie en la que el aprendizaje cultural constituye su forma de adaptación por antonomasia.
El ser humano depende fundamentalmente del desarrollo cultural como respuesta adaptativa. A tal punto esto es así, que resulta difícil imaginar que un grupo de personas pudiese sobrevivir en la naturaleza, de no ser por estos recursos. De hecho, en nuestro trayecto evolutivo hemos apostado tan fuertemente por esta estrategia, que hemos extendido el período del desarrollo de nuestros niños, de manera que puedan adquirir el aprendizaje cultural necesario. Ahora bien, esto tiene consecuencias importantes para el análisis que estamos realizando sobre la locución latina. Porque el orden de los términos, en cierta forma, se invierte. El vivere sigue constituyendo el imperativo; pero el medio para lograrlo está dado por el philosophari. Por eso, para poder vivir tenemos que filosofar. La respuesta adaptativa ya no está completamente dada por la exposición ante las contingencias ambientales, sino que hay ahora una mediación cultural. Así pues, cada nuevo ser humano que llegue a este mundo tendrá que emplear gran cantidad de sus recursos en aprender a comportarse en el mundo humano, y a regular su metabolismo dentro de la naturaleza. El philosophari de la construcción antecede ahora al vivere, o al menos constituye su medio. El philosophari es nuestro medio. De allí que, mientras mayores y más sólidos sean nuestros conocimientos, mejores serán nuestras posibilidades. Dicho en otros términos, mientras mayor y mejor philosophari, mayor y mejor vivere. El philosophari, entonces, ocupa el primer lugar, y constituye el núcleo de la cuestión.  

domingo, 8 de abril de 2012

UNA MIRADA PRAGMÀTICA


El siguiente texto está escrito desde la ingenuidad. No soy un especialista en teoría del conocimiento, ni mucho menos. Con todo, considero que es necesario que todo hombre abocado de algún modo a la investigación se forme alguna representación consciente sobre estos menesteres. Por otra parte, es a través de la publicación de las propias ideas que uno puede sistematizarlas, a la vez que, confrontándolas con las críticas, descubrir las bondades y falencias de las mismas, y así proporcionar tentativas de solución y esclarecimiento. Así pues, dejo el pudor de lado, y me atrevo a realizar la siguiente publicación.

Frecuentemente me ha sucedido de considerar cuál es la naturaleza de los juicios que emitimos, cuando buscamos conocer la realidad, y comportarnos de acuerdo con ese conocimiento. Los pocos conocimientos que tengo al respecto me han llevado a representarme ello, de manera esquemática, en tres grandes modalidades. Por supuesto que sé que existen otras modalidades, pero considero que al poner éstas de manifiesto puedo aclarar mi propio posicionamiento. Con ello, claro está, no busco lograr más que lo estrictamente propedéutico e itinerante; pues estoy convencido que si bien los mapas son sobremanera inexactos si los compara con la realidad empírica que pretenden representar, sin embargo actúan como guías que, a grandes rasgos, nos permiten orientarnos en nuestras pesquisas.

*      La primera modalidad que he encontrado es la concerniente a los enunciados. Merced a ellos buscamos describir aspectos de la realidad (v. gr: “la mesa es de madera”, o “la mesa es roja”). Está claro que el criterio para corroborar si un enunciado es verdadero o falso está dado por la adecuación: las propiedades que predico de un fenómeno deben de coincidir con el fenómeno en cuestión, si el enunciado ha de ser verdadero. La verdad o falsedad depende, en última instancia, de la realidad empírica. Ahora bien, aunque importante, no es suficiente la información que podemos obtener a partir de estos procedimientos. Así, para construir un corpus, formulamos hipótesis, y realizamos procesos de inferencia: de inducción y de deducción, generalizaciones y extrapolaciones. Esto da lugar a otra modalidad.
*      En la modalidad lógica o formal lo que se busca es establecer la validez o invalidez de las argumentaciones. El criterio que rige es la coherencia lógica o formal: que la conclusión, en efecto, se infiera de las premisas. Este instrumento permite evitar los desafueros del pensamiento cuando, necesariamente, va más allá de la experiencia para elaborar teorizaciones. A su vez, posibilita una organización de las discusiones, y del intercambio de ideas. La lógica es fundamental para la ciencia, aunque se encuentre subordinada a la contrastaciòn de las hipótesis. Sin embargo, si nos quedamos en este plano estamos omitiendo una dimensión importante del comportamiento de conocimiento. Porque los hombres no buscan construir sistemas acerca de la verdad con el sólo fin de contemplarlos gozosamente. El conocimiento del medio obedece a una razón mucho más poderosa: la adaptación.
*      Así frecuentemente sucede que, a despecho de la lógica (que establece, por ejemplo, que no se pueden realizar inferencias comportamentales válidas a partir del conocimiento efectivo de la realidad) e incluso de los hechos, los hombres realicen sus propias síntesis a la hora de comportarse en el medio. Y esto, necesariamente, tiene que ser así. En efecto, poseemos fuertes motivos evolutivos (biológicos como culturales) para ocuparnos en conocer el medio, y para preocuparnos en que las representaciones que nos formamos del mismo sean lo más posiblemente verdaderas. Así pues, tenemos una nueva modalidad: la modalidad pragmática, la cual yo considero como intrínseca al acto de conocer. A continuación quisiera explayarme un poco más acerca de esto.

El texto que motivó mis reflexiones fue la lectura del siguiente pasaje de William James, extraído de su opúscula La voluntad de creer:

“(...) nuestra naturaleza pasional, no sólo puede, sino que debe, obrando cumplidamente, optar entre proposiciones donde quiera que se presente una opción genuina, que por su naturaleza no puede ser decidida en el campo intelectual; es decir, en tales circunstancias, ‘no decido, dejo las cosas sin resolver’, es en sí mismo una decisión pasional, equivalente a decir sí o no; y se corre el mismo riesgo de perder la verdad que en el primer caso”.

James postula que lo volitivo interviene activamente en la construcción de nuestros conocimientos. Por volitivo, obviamente, no entiende simplemente los actos de voluntad deliberados, sino todo lo relacionado a lo pasional; todo aquello por lo cual una determinada hipótesis está viva o muerta para nosotros, lo cual nos lleva a darle o a negarle nuestro asentimiento. En definitiva, aquello por lo cual se forja una creencia. Lo que me interesó puntualmente de esta aseveración, es que pone de manifiesto que ante una hipotética situación determinada no se puede apelar exclusivamente a las modalidades que he descrito anteriormente, para llegar a una solución. En este sentido, James está cerca de la postura de Aristóteles, quien sostenía que el intelecto, por sí mismo, no puede mover al obrar. Se deben tener en cuenta, por tanto, las motivaciones. Así pues, siguiendo esta misma línea, imaginaré una situación en la que un agente x se encuentra enfrascado frente a un dilema. Artificialmente haré abstracción de los aspectos determinantes que inclinarían su conducta en una determinada dirección (la cual, evidentemente, se encuentra fuertemente condicionada por la información genética y por la selección cultural). Entonces sólo me queda suponer que la resolución de la situación estará dada por las consecuencias del comportamiento. Y, efectivamente, un grupo x de observadores diría que tal individuo sabe comportarse en determinada situación, porque su comportamiento se adecua a la resolución de la misma. El criterio de esta modalidad, entonces, se encuentra dado por el consecuencialismo o adaptabilidad. Ahora bien, a partir de las investigaciones de Skinner sabemos que un porcentaje importante de los comportamientos de un organismo se encuentra condicionado por las consecuencias ambientales del mismo. Y, en efecto, el propio Skinner se pronuncia acerca de la naturaleza del conocimiento:

“El conocimiento capacita al individuo para reaccionar con éxito ante el mundo que le rodea precisamente porque es la conducta en sí que le permite hacerlo”.
    
Si se confirma que esto es así, entonces tendríamos que la adaptabilidad es causa eficiente y causa final de la investigación científica. Pero probablemente este tema sea muy obscuro, y rebase sin dudas las capacidades de mi investigación. En todo caso, lo que me interesa destacar es que he encontrado tres modalidades con diferentes criterios operatorios: la modalidad enunciativa, cuyo criterio es la adecuación entre enunciado y fenómeno; la modalidad lógica, cuyo criterio está dado por la coherencia formal; y la modalidad pragmática, cuyo criterio es dado por la adaptabilidad. No hay nada que nos impida pensar que las tres modalidades estén presentes en la elaboración científica; y, de hecho, si adoptamos una perspectiva evolutiva, probablemente encontremos razones fuertes que nos obliguen a relacionarlas entre sí. En todo caso mi tesis es que el círculo del conocimiento sólo se contempla a través del silogismo ético. 

martes, 3 de abril de 2012

Brevísima reflexión acerca de los orígenes del filosofar


Es frecuente, al menos en la Argentina, que los cursos de introducción a la filosofía incluyan en su bibliografía un particular capítulo de la obra La filosofía: desde el punto de vista de la existencia, de Karl Jaspers. El capitulo en cuestión es el segundo, Los orígenes de la filosofía. Probablemente todos los que hemos tomado algún curso filosófico recordemos el contenido del mismo. Sin embargo, a fuer de no forzar las interpretaciones, realizaré una somera exposición de su contenido. 
Allí Jaspers comienza por establecer una distinción entre lo que es el comienzo de la filosofía (entendida como un saber sistemático y metódico), el cual es susceptible de ser ubicado históricamente (siglo VI a. C., en la Grecia Jonica); y el origen de la filosofía, que es “(…) la fuente de la que emana en todo tiempo el impulso que mueve a filosofar”. Como es de sobra conocido, Jaspers sostiene que este origen de la filosofía es múltiple, obedeciendo a distintos estados anímicos:
1.      El asombro ante el ser, del cual emerge el impulso a investigar su naturaleza, todo lo cual puede quedar resumido en la pregunta fundamental de Leibniz, retomada luego por Heidegger: ¿por qué es en general el ente, y no más bien la nada?
2.      La duda ante los saberes adquiridos, dada la imperfección de los sistemas de conocimiento humanos.
3.      Las situaciones límites, aquellas circunstancias a las que no podemos alterar, y que desnudan la finitud de nuestra condición humana.

A continuación Jaspers señala que estas aristas del origen alternan en su predominancia, de acuerdo a las circunstancias de la vida humana, tiñendo entonces cada período filosófico. De este modo, según el filósofo alemán, lo que motivó las especulaciones filosóficas de Platón y de Aristóteles, representantes de la Antigüedad,  fue principalmente el asombro. En el caso de filósofos como Descartes y Kant, de la Modernidad, la duda. Y en el siglo XX el clima emocional que genera el filosofar está  predominantemente dado por las situaciones límites: esto es, es existencialista; y es probable que Jaspers hubiese nombrado a Heidegger y a Sartre como los grandes filósofos de ese período.
Ahora bien, con todo lo atractiva que pueda ser esta clasificación, particularmente a mí no me ha parecido del todo satisfactoria. Es por eso que intentaré esbozar una propuesta  alternativa. Sin embargo, retendré como un criterio válido la distinción jasperiana, entre comienzo y orígenes.
Mi tesis es que los orígenes del filosofar no deben buscarse en la historia misma de la filosofía, ni tampoco en la presunta historia o arqueología de las religiones; sino que deben hallarse en algún tipo de impulso “biológico” anterior, el cual en sus formas más primarias es común a una gran parte de los organismos, y en sus manifestaciones como constructos teóricos culturales es exclusivo de la especie homo sapiens, al menos en la actualidad. Desde ya ello implica que en mis especulaciones me situaré en una ontología diferente a la detentada por el filósofo alemán. En efecto, rechazaré la noción heideggeriana de ex-istencia (tan cara al existencialismo), por considerar que se trata de un constructo que no permite dar cuenta fehacientemente de los fenómenos de nuestra experiencia. Así pues, me situaré en la perspectiva que ve a la especie humana como una de las formas de vida que ha emergido a través de un largo proceso evolutivo en este planeta, lo cual es coherente con los más desarrollados saberes que el hombre ha podido conquistar durante los últimos siglos. Supondré que los abordajes externalistas con que el hombre conoce al resto del Universo (con resultados obviamente más que limitados –pero sólidos-) son suficientes para estudiar científicamente al hombre mismo, a pesar de todas las dificultades inherentes a dicho material de estudio. Es así que sostengo que la conciencia no constituye un locus separado de todo el resto del Universo, y particularmente de su entorno inmediato. Por el contrario la conciencia no es fundante: se trata más bien de un fenómeno natural, y como tal es susceptible de ser abordado. 

Resulta verosímil que para todo organismo, sujeto a la selección ejercida por el ambiente, y compelido a esforzarse por la transmisión genética, en competencia con los demás seres, resulte una ventaja adaptativa el poder representarse su entorno. De ello puede ser una muestra fehaciente el desarrollo evolutivo de la percepción y de la memoria, presentes casi en la totalidad de los organismos pluricelulares. Sabemos que las respuestas reflejas han constituido las primeras formas de comportamiento de los organismos, y en general muchos de los comportamientos de un organismo vienen determinados instintivamente. Sin embargo, un número considerable de organismos pluricelulares ha seguido la estrategia evolutiva de la cerebralizaciòn. Merced a la misma se ha posibilitado la emergencia de nuevas formas de aprendizaje. Una de estas formas es el condicionamiento operante, estudiado por Burrhus Frederick Skinner. Según éste, el aprendizaje se refuerza a partir de las consecuencias ambientales de un determinado comportamiento. Ahora bien, el aprendizaje operante es una forma de ensayo/error, y ello conlleva serios peligros para el organismo. Tal como señala Albert Bandura, un aprendizaje que implique la exposición directa a las contingencias ambientales resulta problemático desde un punto de vista evolutivo: porque el coste para el individuo es muy alto. Es por ello que los organismos han desarrollado nuevas formas de aprendizaje, como es el caso del aprendizaje por observación. Ello tiene dos ventajas: en primer lugar, reduce sensiblemente los riesgos del individuo, y en segundo lugar acelera los procesos del aprendizaje, ya que para aprender no es necesario aprender a dar respuesta a las contingencias; se puede aprender la respuesta por la simple observación de un congenere. A su vez existen ciertas especies sociales en las que se dan otras formas de transmisión de la información: a través de medios exosomáticos. Tal fenómeno recibe el nombre de cultura. Dentro de la biosfera terrestre existe una especie singular en la que la trasmisión de la cultura se encuentra mediatizada por un tipo muy particular de comportamiento: el comportamiento verbal; tal es la especie humana. El surgimiento del lenguaje posibilita un cambio radical en el flujo de la información, y que la misma quede estructurada, de tal forma que sobreviva a los individuos que le dieron origen. Así pues, se da el fenómeno de la cultura humana, la cual, a diferencia de la cultura de otros animales, es acumulativa. Con ello el comportamiento humano añade una nueva dimensión de aprendizaje social. Incluso comportamientos que en otras especies suelen estar típicamente regidos por la selección natural (o más precisamente por la deriva genética), como es el caso de la reproducción genética, en el hombre pasan a estar regidos también por la selección cultural, tal como ha señalado el antropólogo Marvin Harris.
Ahora bien, mutatis mutandis,  si existe un rasgo que es común a los distintos tipos de aprendizaje, y a los comportamientos que posibilitan (en paralela evolución del sistema nervioso) es que todos tienen un fin: la adaptabilidad. Los comportamientos, tal como señaló Clark Hull, persiguen una optimización de las condiciones de vida, en una situación de interacción de un organismo con el ambiente. Las conductas tienen un fin eminentemente pragmático, aunque sean adquiridas culturalmente. El organismo, para maximizar sus posibilidades de adaptabilidad, debe ejercer algún tipo de control sobre su ambiente. El conocimiento, una forma de comportamiento humano, tiene un fin eminentemente adaptativo. En efecto, es el control ejercido sobre el ambiente el que ha posibilitado al hombre pasar de ser una especie en peligro de extinción durante el Paleolítico Inferior, a ser una de las especies con mayor grado de distribución sobre la superficie terrestre. (E incluso, la única especie capaz de abandonar, por sus propios medios, la biosfera en la que ha evolucionado, y colonizar otros mundos). Así pues, si existe en el hombre algo así como un impulso a conocer, a desear conocer, y a encontrar reforzante el estudio científico, el mismo tiene sus raíces en el impulso evolutivo hacia la adaptabilidad. Para poder comprenderlo sólo debemos adoptar la postura que recomienda Aristóteles en la Política:

“Si uno observa desde su origen la evolución de las cosas, también en esta cuestión, como en las demás, podrá obtener la visión más perfecta”.

Volviendo a Jaspers, si en verdad existen estados anímicos que son capaces de motivar al hombre a filosofar, estos mismos estados no bastan como explicación ulterior, sino que necesitan, asimismo, ser explicados. Así pues, si puede hablarse de algo así como la curiosidad humana, es necesario poder precisar que la misma tiene un origen evolutivo: porque el conocimiento de la naturaleza (incluido el hombre como un parte de la misma) le permite al hombre desarrollar una adaptación eficaz. De esta suerte, no es el asombro, por sí mismo, lo que motiva a filosofar al hombre: el origen se encuentra en sus peculiares posibilidades de adaptabilidad. Por supuesto que no desconozco que el conocimiento puede resultar peligroso: porque las aplicaciones, que (a mi juicio) son intrínsecas al acto de conocer, resultan por lo menos ambiguas. Después de todo, son los conocimientos en física atómica los que han posibilitado el desarrollo de armas nucleares. Sin embargo, parece ser que ése es un riesgo que la naturaleza está dispuesta a correr; pues si lo pensamos fríamente, la extinción de la especie humana poco afectaría al desarrollo intrínseco de la evolución. (Consideremos las recientes extinciones de homo erectus u homo neandertalensis, y el hecho, señalado por E. O. Wilson de que el 99% de las especies que han evolucionado en este mundo, se han extinto).
Ahora bien, si la exposición que he realizado hasta ahora posee al menos cierto grado de verosimilitud, entonces se siguen ciertas consecuencias para el modo en que tendemos a concebir el estatuto ontológico del conocimiento. Porque parece que, evolutivamente, la praxis precede a la teoría. Y en nuestra realidad teoría y praxis se dan simultáneamente, de suerte que sólo es posible distinguirlas en términos abstractos. El conocimiento persigue un fin esencialmente pragmático. Solamente merced a ciertas circunstancias históricas es que hemos perdido de vista esto último. A continuación me referiré a ello.
Tradicionalmente las carreras de las facultades humanísticas han perdido su dimensión pragmática: mientras que en las ciencias se estudia para adquirir títulos que certifiquen la idoneidad para poder operar en ciertos ámbitos, la finalidad de las carreras humanísticas es bastante difusa, lo cual puede verse si se analizan los proyectos de investigación que subvencionan dichas facultades. Yo creo que en la actualidad, a pesar de todas las argumentaciones apasionadas que se desarrollaron durante el siglo XX, la aseveración de Auguste Comte es cierta: la ciencia es el último estadio del conocimiento humano. A la filosofía no le corresponde ya competir con el conocimiento científico. Entonces, ¿qué rol puede desempeñar la filosofía?, o lo que es lo mismo, ¿existe alguna justificación verdaderamente racional para que se sigan otorgando diplomas en las áreas de las carreras humanísticas? Mi respuesta es tajantemente afirmativa. En efecto, considero que existen tres funciones que corresponden a la filosofía por derecho propio:

1.      Propedéutica: La filosofía es esencial para fecundar el pensamiento humano. Su historia es inmensamente rica, y aunque la filosofía mal entendida puede estancar el progreso científico, no existe ninguna otra disciplina que pueda volver a los hombres tan cultos e ingeniosos.
2.      Correctiva: La filosofía puede corregir la estrechez de mente propia del científico especialista. El filósofo aunque no puede ya establecer apriorísticamente los hechos, puede discutir las interpretaciones que realizan los científicos, sobre todo cuando realizan generalizaciones y extrapolaciones. En este sentido el filósofo es como el tábano que describe Platón en la Apología de Sócrates, bregando por mantener despierto al corcel que representa a la ciudad. (En nuestro caso, a la comunidad científica).

Sobre la tercera función quisiera extenderme más largamente. Tal como ha puesto de manifiesto Pierre Hadot, en la Antigüedad la filosofía constituía un modo de vida. Durante la Edad Media la filosofía era la sierva de un particular modo de vida: el modo de vida teológico/religioso propiciado por las religiones del Libro. Yo creo que en la actualidad la filosofía debe recuperar esa particular función existencial. En efecto, tomando prestada una parte del titulo del libro Edward Wilson, la filosofía tiene que constituir la nueva síntesis. Así, dado que los conocimientos científicos son múltiples y se encuentran actualmente dispersos, es la función de un tipo muy especial de filósofo el realizar una síntesis para los fines adaptativos del hombre. La filosofía tiene que ser una pragmática que conjugue los distintos conocimientos científicos que ha adquirido el hombre, para poder realizar una respuesta culturalmente adaptativa. La filosofía, valga la redundancia, tiene que constituir el enlace entre el conocimiento del mundo que nos dan las ciencias, y el modo (o los modos) en que el hombre tiene que vivir para lograr el fin de la ciencia: el control del medio.        

lunes, 2 de abril de 2012

Inauguración

Hemos decidido crear esta página con la intención de propiciar y promover el intercambio, discusiones y debates en torno a materiales filosóficos. La reflexión filosófica no goza de mucha popularidad en estos días. De hecho la realidad empírica actual es que la filosofía corresponde a una actividad puramente académica. Ahora bien, en principio no hay nada malo con la academia, pero el problema es que nadie que se haya interesado por la filosofía lo ha hecho por el mero de interés de obtener un medio de trabajo. El trabajo es algo definitivo en la vida del hombre, y en un sistema en el que hay que competir, velis nolis, para la obtención de un puesto, es lógico suponer que nos desvelemos y que destruyamos nuestra salud e identidad para competir por su consecución. Pero, como señala Aristoteles, el fin del trabajo es el ocio; y precisamente, la filosofía  es la actividad por antonomasia que el estagirita recomienda como un modo provechoso de emplear la propia vida. Por otra parte, es frecuente observar que la gente empleada en el mundo académico no refuerce la espontánea actividad intelectual. Ello puede verse en la casi total ausencia de publicaciones independientes de congresos, en la ausencia de revistas informales sobre filosofía, de cafés filosóficos, de círculos de militancia filosófica, de bibliotecas públicas o privadas, y hasta en el hecho de que los amigos estén desinteresados de leer los escritos de sus propios amigos. Todo ello nos acerca a un panorama radicalmente distinto al de la antigua Atenas (lugar de fermento de la filosofía occidental), en donde hombres de distinta edad se juntaban espontáneamente a discurrir sobre la filosofía, literalmente en las plazas, en las calles de los barrios, o en domicilios particulares; lugares todos en los que era posible encontrar a Socrates y a un grupo de jóvenes notables, debatiendo acerca de la naturaleza de la virtud. Pues bien, nosotros creemos que en esta era de la tecnología virtual es posible, y quizá también importante, que la filosofía tenga su lugar. He ahí la creación de esta página, medio que nos ahorra todos los inconvenientes económicos de una publicación de tipo revista. Por otra parte, algo que también nos impulsó en este proyecto fue alejarnos del estilo facebook: lugar en el que una publicación "extensa" (esto es, de más de 100 palabras) raramente será leída, y en caso de serlo, y de ser en verdad notable y profunda, recibir un "me gusta" como comentario. Aquí pretendemos otra cosa: pretendemos algo más que el saludo coloquial y un comentario que denote un simple asentimiento (como el de los personajes de muchos diálogos filosóficos -excepto, claro está, los diálogos platónicos- en el que los aportes de el o los interlocutores se resumen a frases como "De acuerdo", "Hasta allí llega mi ciencia", "Estoy de acuerdo en eso contigo", etc.); queremos que haya debate, que se expongan y analicen argumentos, que se busque -de acuerdo a las capacidades de cada uno y a  su peculiar posición- llegar al meollo de la cuestión. Quizás seamos demasiado pretenciosos, pero es que son importantes las razones que nos han llevado a pensarlo. Frecuentemente nos ha sucedido cavilar respecto de qué hubiesen hecho los hombres intelectuales de otros tiempos si hubiesen dispuesto de los medios actuales, que posibilitan la comunicación de una manera completamente desconocida para toda la humanidad anterior. Claro está que, tal como señaló Marshall Mcluhan, son los medios, como extensiones del cuerpo humano, los que imponen su lógica de funcionamiento por sobre las subjetividades. Pero eso no nos escusa para desistir siquiera de intentarlo. Después de todo la filosofía, a despecho de sus historiadores,   siempre debe adaptarse a los tiempos de los hombres, sin que sea conmutable la función inversa.
Las únicas reglas que hemos pensado para que la página pueda funcionar son la exigencia del respeto hacia las opiniones, lo cual conlleva a la prohibición de argumentos ad hominem, particularmente en contra del publicador o de los comentadores, y la exigencia de que puedan comunicar la existencia de la página a otras personas, que de algún modo estén interesadas en la temática. Dependemos del boca a boca para aumentar el número de participantes.