Es frecuente, al menos en la Argentina , que los
cursos de introducción a la filosofía incluyan en su bibliografía un particular
capítulo de la obra La filosofía: desde
el punto de vista de la existencia, de Karl Jaspers. El capitulo en
cuestión es el segundo, Los orígenes de
la filosofía. Probablemente todos los que hemos tomado algún curso
filosófico recordemos el contenido del mismo. Sin embargo, a fuer de no forzar
las interpretaciones, realizaré una somera exposición de su contenido.
Allí Jaspers comienza por establecer una
distinción entre lo que es el comienzo
de la filosofía (entendida como un saber sistemático y metódico), el cual es
susceptible de ser ubicado históricamente (siglo VI a. C., en la Grecia Jonica ); y el origen de la filosofía, que es “(…) la
fuente de la que emana en todo tiempo el impulso que mueve a filosofar”. Como
es de sobra conocido, Jaspers sostiene que este origen de la filosofía es múltiple, obedeciendo a distintos estados
anímicos:
1. El asombro ante el ser, del cual emerge el impulso a investigar su
naturaleza, todo lo cual puede quedar resumido en la pregunta fundamental de
Leibniz, retomada luego por Heidegger: ¿por qué es en general el ente, y no más
bien la nada?
2. La duda ante los saberes adquiridos, dada la imperfección de los
sistemas de conocimiento humanos.
3. Las situaciones límites, aquellas circunstancias a las que no podemos alterar, y que desnudan
la finitud de nuestra condición humana.
A continuación Jaspers señala que estas aristas
del origen alternan en su predominancia, de acuerdo a las circunstancias de la
vida humana, tiñendo entonces cada período filosófico. De este modo, según el
filósofo alemán, lo que motivó las especulaciones filosóficas de Platón y de
Aristóteles, representantes de la
Antigüedad , fue
principalmente el asombro. En el caso de filósofos como Descartes y Kant, de la Modernidad , la duda. Y
en el siglo XX el clima emocional que genera el filosofar está predominantemente dado por las situaciones
límites: esto es, es existencialista; y es probable que Jaspers hubiese
nombrado a Heidegger y a Sartre como los grandes filósofos de ese período.
Ahora bien, con todo lo atractiva que pueda ser
esta clasificación, particularmente a mí no me ha parecido del todo
satisfactoria. Es por eso que intentaré esbozar una propuesta alternativa. Sin embargo, retendré como un
criterio válido la distinción jasperiana, entre comienzo y orígenes.
Mi tesis es que los orígenes del filosofar no
deben buscarse en la historia misma de la filosofía, ni tampoco en la presunta
historia o arqueología de las religiones; sino que deben hallarse en algún tipo
de impulso “biológico” anterior, el cual en sus formas más primarias es común a
una gran parte de los organismos, y en sus manifestaciones como constructos
teóricos culturales es exclusivo de la especie homo sapiens, al menos en la actualidad. Desde ya ello implica que
en mis especulaciones me situaré en una ontología diferente a la detentada por
el filósofo alemán. En efecto, rechazaré la noción heideggeriana de ex-istencia
(tan cara al existencialismo), por considerar que se trata de un constructo que
no permite dar cuenta fehacientemente de los fenómenos de nuestra experiencia.
Así pues, me situaré en la perspectiva que ve a la especie humana como una de
las formas de vida que ha emergido a través de un largo proceso evolutivo en
este planeta, lo cual es coherente con los más desarrollados saberes que el
hombre ha podido conquistar durante los últimos siglos. Supondré que los
abordajes externalistas con que el hombre conoce al resto del Universo (con
resultados obviamente más que limitados –pero sólidos-) son suficientes para
estudiar científicamente al hombre mismo, a pesar de todas las dificultades
inherentes a dicho material de estudio. Es así que sostengo que la conciencia
no constituye un locus separado de
todo el resto del Universo, y particularmente de su entorno inmediato. Por el
contrario la conciencia no es fundante: se trata más bien de un fenómeno
natural, y como tal es susceptible de ser abordado.
Resulta verosímil que para todo organismo,
sujeto a la selección ejercida por el ambiente, y compelido a esforzarse por la
transmisión genética, en competencia con los demás seres, resulte una ventaja
adaptativa el poder representarse su entorno. De ello puede ser una muestra
fehaciente el desarrollo evolutivo de la percepción y de la memoria, presentes
casi en la totalidad de los organismos pluricelulares. Sabemos que las
respuestas reflejas han constituido las primeras formas de comportamiento de
los organismos, y en general muchos de los comportamientos de un organismo
vienen determinados instintivamente. Sin embargo, un número considerable de
organismos pluricelulares ha seguido la estrategia evolutiva de la cerebralizaciòn.
Merced a la misma se ha posibilitado la emergencia de nuevas formas de
aprendizaje. Una de estas formas es el condicionamiento operante, estudiado por
Burrhus Frederick Skinner. Según éste, el aprendizaje se refuerza a partir de
las consecuencias ambientales de un determinado comportamiento. Ahora bien, el
aprendizaje operante es una forma de ensayo/error, y ello conlleva serios
peligros para el organismo. Tal como señala Albert Bandura, un aprendizaje que
implique la exposición directa a las contingencias ambientales resulta
problemático desde un punto de vista evolutivo: porque el coste para el
individuo es muy alto. Es por ello que los organismos han desarrollado nuevas
formas de aprendizaje, como es el caso del aprendizaje por observación. Ello
tiene dos ventajas: en primer lugar, reduce sensiblemente los riesgos del
individuo, y en segundo lugar acelera los procesos del aprendizaje, ya que para
aprender no es necesario aprender a dar respuesta a las contingencias; se puede
aprender la respuesta por la simple observación de un congenere. A su vez
existen ciertas especies sociales en las que se dan otras formas de transmisión
de la información: a través de medios exosomáticos. Tal fenómeno recibe el
nombre de cultura. Dentro de la biosfera terrestre existe una especie singular
en la que la trasmisión de la cultura se encuentra mediatizada por un tipo muy
particular de comportamiento: el comportamiento verbal; tal es la especie
humana. El surgimiento del lenguaje posibilita un cambio radical en el flujo de
la información, y que la misma quede estructurada, de tal forma que sobreviva a
los individuos que le dieron origen. Así pues, se da el fenómeno de la cultura
humana, la cual, a diferencia de la cultura de otros animales, es acumulativa. Con
ello el comportamiento humano añade una nueva dimensión de aprendizaje social.
Incluso comportamientos que en otras especies suelen estar típicamente regidos
por la selección natural (o más precisamente por la deriva genética), como es
el caso de la reproducción genética, en el hombre pasan a estar regidos también
por la selección cultural, tal como
ha señalado el antropólogo Marvin Harris.
Ahora bien, mutatis
mutandis, si existe un rasgo que es
común a los distintos tipos de aprendizaje, y a los comportamientos que
posibilitan (en paralela evolución del sistema nervioso) es que todos tienen un
fin: la adaptabilidad. Los comportamientos, tal como señaló Clark Hull,
persiguen una optimización de las condiciones de vida, en una situación de
interacción de un organismo con el ambiente. Las conductas tienen un fin
eminentemente pragmático, aunque sean adquiridas culturalmente. El organismo,
para maximizar sus posibilidades de adaptabilidad, debe ejercer algún tipo de
control sobre su ambiente. El conocimiento, una forma de comportamiento humano,
tiene un fin eminentemente adaptativo. En efecto, es el control ejercido sobre
el ambiente el que ha posibilitado al hombre pasar de ser una especie en
peligro de extinción durante el Paleolítico Inferior, a ser una de las especies
con mayor grado de distribución sobre la superficie terrestre. (E incluso, la
única especie capaz de abandonar, por sus propios medios, la biosfera en la que
ha evolucionado, y colonizar otros mundos). Así pues, si existe en el hombre
algo así como un impulso a conocer, a desear conocer, y a encontrar reforzante
el estudio científico, el mismo tiene sus raíces en el impulso evolutivo hacia
la adaptabilidad. Para poder comprenderlo sólo debemos adoptar la postura que
recomienda Aristóteles en la Política :
“Si uno observa
desde su origen la evolución de las cosas, también en esta cuestión, como en
las demás, podrá obtener la visión más perfecta”.
Volviendo a Jaspers, si en verdad
existen estados anímicos que son capaces de motivar al hombre a filosofar,
estos mismos estados no bastan como explicación ulterior, sino que necesitan,
asimismo, ser explicados. Así pues, si puede hablarse de algo así como la
curiosidad humana, es necesario poder precisar que la misma tiene un origen
evolutivo: porque el conocimiento de la naturaleza (incluido el hombre como un
parte de la misma) le permite al hombre desarrollar una adaptación eficaz. De
esta suerte, no es el asombro, por sí mismo, lo que motiva a filosofar al
hombre: el origen se encuentra en sus peculiares posibilidades de
adaptabilidad. Por supuesto que no desconozco que el conocimiento puede
resultar peligroso: porque las aplicaciones, que (a mi juicio) son intrínsecas
al acto de conocer, resultan por lo menos ambiguas. Después de todo, son los
conocimientos en física atómica los que han posibilitado el desarrollo de armas
nucleares. Sin embargo, parece ser que ése es un riesgo que la naturaleza está
dispuesta a correr; pues si lo pensamos fríamente, la extinción de la especie
humana poco afectaría al desarrollo intrínseco de la evolución. (Consideremos
las recientes extinciones de homo erectus
u homo neandertalensis, y el
hecho, señalado por E. O. Wilson de que el 99% de las especies que han
evolucionado en este mundo, se han extinto).
Ahora bien, si la exposición que he
realizado hasta ahora posee al menos cierto grado de verosimilitud, entonces se
siguen ciertas consecuencias para el modo en que tendemos a concebir el
estatuto ontológico del conocimiento. Porque parece que, evolutivamente, la
praxis precede a la teoría. Y en nuestra realidad teoría y praxis se dan
simultáneamente, de suerte que sólo es posible distinguirlas en términos
abstractos. El conocimiento persigue un
fin esencialmente pragmático. Solamente merced a ciertas circunstancias
históricas es que hemos perdido de vista esto último. A continuación me
referiré a ello.
Tradicionalmente las carreras de las
facultades humanísticas han perdido su dimensión pragmática: mientras que en
las ciencias se estudia para adquirir títulos que certifiquen la idoneidad para
poder operar en ciertos ámbitos, la finalidad de las carreras humanísticas es
bastante difusa, lo cual puede verse si se analizan los proyectos de
investigación que subvencionan dichas facultades. Yo creo que en la actualidad,
a pesar de todas las argumentaciones apasionadas que se desarrollaron durante
el siglo XX, la aseveración de Auguste Comte es cierta: la ciencia es el último
estadio del conocimiento humano. A la filosofía no le corresponde ya competir
con el conocimiento científico. Entonces, ¿qué rol puede desempeñar la
filosofía?, o lo que es lo mismo, ¿existe alguna justificación verdaderamente
racional para que se sigan otorgando diplomas en las áreas de las carreras
humanísticas? Mi respuesta es tajantemente afirmativa. En efecto, considero que
existen tres funciones que corresponden a la filosofía por derecho propio:
1. Propedéutica:
La filosofía es esencial para fecundar el pensamiento humano. Su historia es
inmensamente rica, y aunque la filosofía mal entendida puede estancar el
progreso científico, no existe ninguna otra disciplina que pueda volver a los
hombres tan cultos e ingeniosos.
2. Correctiva:
La filosofía puede corregir la estrechez de mente propia del científico
especialista. El filósofo aunque no puede ya establecer apriorísticamente los
hechos, puede discutir las interpretaciones que realizan los científicos, sobre
todo cuando realizan generalizaciones y extrapolaciones. En este sentido el
filósofo es como el tábano que describe Platón en la Apología de Sócrates, bregando por mantener
despierto al corcel que representa a la ciudad. (En nuestro caso, a la
comunidad científica).
Sobre la tercera función quisiera
extenderme más largamente. Tal como ha puesto de manifiesto Pierre Hadot, en la Antigüedad la filosofía
constituía un modo de vida. Durante la Edad
Media la filosofía era la sierva de un particular modo de
vida: el modo de vida teológico/religioso propiciado por las religiones del
Libro. Yo creo que en la actualidad la filosofía debe recuperar esa particular
función existencial. En efecto, tomando prestada una parte del titulo del libro
Edward Wilson, la filosofía tiene que constituir la nueva síntesis. Así, dado que los conocimientos científicos son
múltiples y se encuentran actualmente dispersos, es la función de un tipo muy
especial de filósofo el realizar una síntesis para los fines adaptativos del
hombre. La filosofía tiene que ser una pragmática que conjugue los distintos
conocimientos científicos que ha adquirido el hombre, para poder realizar una
respuesta culturalmente adaptativa. La filosofía, valga la redundancia, tiene
que constituir el enlace entre el conocimiento del mundo que nos dan las
ciencias, y el modo (o los modos) en que el hombre tiene que vivir para lograr
el fin de la ciencia: el control del medio.
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