martes, 3 de abril de 2012

Brevísima reflexión acerca de los orígenes del filosofar


Es frecuente, al menos en la Argentina, que los cursos de introducción a la filosofía incluyan en su bibliografía un particular capítulo de la obra La filosofía: desde el punto de vista de la existencia, de Karl Jaspers. El capitulo en cuestión es el segundo, Los orígenes de la filosofía. Probablemente todos los que hemos tomado algún curso filosófico recordemos el contenido del mismo. Sin embargo, a fuer de no forzar las interpretaciones, realizaré una somera exposición de su contenido. 
Allí Jaspers comienza por establecer una distinción entre lo que es el comienzo de la filosofía (entendida como un saber sistemático y metódico), el cual es susceptible de ser ubicado históricamente (siglo VI a. C., en la Grecia Jonica); y el origen de la filosofía, que es “(…) la fuente de la que emana en todo tiempo el impulso que mueve a filosofar”. Como es de sobra conocido, Jaspers sostiene que este origen de la filosofía es múltiple, obedeciendo a distintos estados anímicos:
1.      El asombro ante el ser, del cual emerge el impulso a investigar su naturaleza, todo lo cual puede quedar resumido en la pregunta fundamental de Leibniz, retomada luego por Heidegger: ¿por qué es en general el ente, y no más bien la nada?
2.      La duda ante los saberes adquiridos, dada la imperfección de los sistemas de conocimiento humanos.
3.      Las situaciones límites, aquellas circunstancias a las que no podemos alterar, y que desnudan la finitud de nuestra condición humana.

A continuación Jaspers señala que estas aristas del origen alternan en su predominancia, de acuerdo a las circunstancias de la vida humana, tiñendo entonces cada período filosófico. De este modo, según el filósofo alemán, lo que motivó las especulaciones filosóficas de Platón y de Aristóteles, representantes de la Antigüedad,  fue principalmente el asombro. En el caso de filósofos como Descartes y Kant, de la Modernidad, la duda. Y en el siglo XX el clima emocional que genera el filosofar está  predominantemente dado por las situaciones límites: esto es, es existencialista; y es probable que Jaspers hubiese nombrado a Heidegger y a Sartre como los grandes filósofos de ese período.
Ahora bien, con todo lo atractiva que pueda ser esta clasificación, particularmente a mí no me ha parecido del todo satisfactoria. Es por eso que intentaré esbozar una propuesta  alternativa. Sin embargo, retendré como un criterio válido la distinción jasperiana, entre comienzo y orígenes.
Mi tesis es que los orígenes del filosofar no deben buscarse en la historia misma de la filosofía, ni tampoco en la presunta historia o arqueología de las religiones; sino que deben hallarse en algún tipo de impulso “biológico” anterior, el cual en sus formas más primarias es común a una gran parte de los organismos, y en sus manifestaciones como constructos teóricos culturales es exclusivo de la especie homo sapiens, al menos en la actualidad. Desde ya ello implica que en mis especulaciones me situaré en una ontología diferente a la detentada por el filósofo alemán. En efecto, rechazaré la noción heideggeriana de ex-istencia (tan cara al existencialismo), por considerar que se trata de un constructo que no permite dar cuenta fehacientemente de los fenómenos de nuestra experiencia. Así pues, me situaré en la perspectiva que ve a la especie humana como una de las formas de vida que ha emergido a través de un largo proceso evolutivo en este planeta, lo cual es coherente con los más desarrollados saberes que el hombre ha podido conquistar durante los últimos siglos. Supondré que los abordajes externalistas con que el hombre conoce al resto del Universo (con resultados obviamente más que limitados –pero sólidos-) son suficientes para estudiar científicamente al hombre mismo, a pesar de todas las dificultades inherentes a dicho material de estudio. Es así que sostengo que la conciencia no constituye un locus separado de todo el resto del Universo, y particularmente de su entorno inmediato. Por el contrario la conciencia no es fundante: se trata más bien de un fenómeno natural, y como tal es susceptible de ser abordado. 

Resulta verosímil que para todo organismo, sujeto a la selección ejercida por el ambiente, y compelido a esforzarse por la transmisión genética, en competencia con los demás seres, resulte una ventaja adaptativa el poder representarse su entorno. De ello puede ser una muestra fehaciente el desarrollo evolutivo de la percepción y de la memoria, presentes casi en la totalidad de los organismos pluricelulares. Sabemos que las respuestas reflejas han constituido las primeras formas de comportamiento de los organismos, y en general muchos de los comportamientos de un organismo vienen determinados instintivamente. Sin embargo, un número considerable de organismos pluricelulares ha seguido la estrategia evolutiva de la cerebralizaciòn. Merced a la misma se ha posibilitado la emergencia de nuevas formas de aprendizaje. Una de estas formas es el condicionamiento operante, estudiado por Burrhus Frederick Skinner. Según éste, el aprendizaje se refuerza a partir de las consecuencias ambientales de un determinado comportamiento. Ahora bien, el aprendizaje operante es una forma de ensayo/error, y ello conlleva serios peligros para el organismo. Tal como señala Albert Bandura, un aprendizaje que implique la exposición directa a las contingencias ambientales resulta problemático desde un punto de vista evolutivo: porque el coste para el individuo es muy alto. Es por ello que los organismos han desarrollado nuevas formas de aprendizaje, como es el caso del aprendizaje por observación. Ello tiene dos ventajas: en primer lugar, reduce sensiblemente los riesgos del individuo, y en segundo lugar acelera los procesos del aprendizaje, ya que para aprender no es necesario aprender a dar respuesta a las contingencias; se puede aprender la respuesta por la simple observación de un congenere. A su vez existen ciertas especies sociales en las que se dan otras formas de transmisión de la información: a través de medios exosomáticos. Tal fenómeno recibe el nombre de cultura. Dentro de la biosfera terrestre existe una especie singular en la que la trasmisión de la cultura se encuentra mediatizada por un tipo muy particular de comportamiento: el comportamiento verbal; tal es la especie humana. El surgimiento del lenguaje posibilita un cambio radical en el flujo de la información, y que la misma quede estructurada, de tal forma que sobreviva a los individuos que le dieron origen. Así pues, se da el fenómeno de la cultura humana, la cual, a diferencia de la cultura de otros animales, es acumulativa. Con ello el comportamiento humano añade una nueva dimensión de aprendizaje social. Incluso comportamientos que en otras especies suelen estar típicamente regidos por la selección natural (o más precisamente por la deriva genética), como es el caso de la reproducción genética, en el hombre pasan a estar regidos también por la selección cultural, tal como ha señalado el antropólogo Marvin Harris.
Ahora bien, mutatis mutandis,  si existe un rasgo que es común a los distintos tipos de aprendizaje, y a los comportamientos que posibilitan (en paralela evolución del sistema nervioso) es que todos tienen un fin: la adaptabilidad. Los comportamientos, tal como señaló Clark Hull, persiguen una optimización de las condiciones de vida, en una situación de interacción de un organismo con el ambiente. Las conductas tienen un fin eminentemente pragmático, aunque sean adquiridas culturalmente. El organismo, para maximizar sus posibilidades de adaptabilidad, debe ejercer algún tipo de control sobre su ambiente. El conocimiento, una forma de comportamiento humano, tiene un fin eminentemente adaptativo. En efecto, es el control ejercido sobre el ambiente el que ha posibilitado al hombre pasar de ser una especie en peligro de extinción durante el Paleolítico Inferior, a ser una de las especies con mayor grado de distribución sobre la superficie terrestre. (E incluso, la única especie capaz de abandonar, por sus propios medios, la biosfera en la que ha evolucionado, y colonizar otros mundos). Así pues, si existe en el hombre algo así como un impulso a conocer, a desear conocer, y a encontrar reforzante el estudio científico, el mismo tiene sus raíces en el impulso evolutivo hacia la adaptabilidad. Para poder comprenderlo sólo debemos adoptar la postura que recomienda Aristóteles en la Política:

“Si uno observa desde su origen la evolución de las cosas, también en esta cuestión, como en las demás, podrá obtener la visión más perfecta”.

Volviendo a Jaspers, si en verdad existen estados anímicos que son capaces de motivar al hombre a filosofar, estos mismos estados no bastan como explicación ulterior, sino que necesitan, asimismo, ser explicados. Así pues, si puede hablarse de algo así como la curiosidad humana, es necesario poder precisar que la misma tiene un origen evolutivo: porque el conocimiento de la naturaleza (incluido el hombre como un parte de la misma) le permite al hombre desarrollar una adaptación eficaz. De esta suerte, no es el asombro, por sí mismo, lo que motiva a filosofar al hombre: el origen se encuentra en sus peculiares posibilidades de adaptabilidad. Por supuesto que no desconozco que el conocimiento puede resultar peligroso: porque las aplicaciones, que (a mi juicio) son intrínsecas al acto de conocer, resultan por lo menos ambiguas. Después de todo, son los conocimientos en física atómica los que han posibilitado el desarrollo de armas nucleares. Sin embargo, parece ser que ése es un riesgo que la naturaleza está dispuesta a correr; pues si lo pensamos fríamente, la extinción de la especie humana poco afectaría al desarrollo intrínseco de la evolución. (Consideremos las recientes extinciones de homo erectus u homo neandertalensis, y el hecho, señalado por E. O. Wilson de que el 99% de las especies que han evolucionado en este mundo, se han extinto).
Ahora bien, si la exposición que he realizado hasta ahora posee al menos cierto grado de verosimilitud, entonces se siguen ciertas consecuencias para el modo en que tendemos a concebir el estatuto ontológico del conocimiento. Porque parece que, evolutivamente, la praxis precede a la teoría. Y en nuestra realidad teoría y praxis se dan simultáneamente, de suerte que sólo es posible distinguirlas en términos abstractos. El conocimiento persigue un fin esencialmente pragmático. Solamente merced a ciertas circunstancias históricas es que hemos perdido de vista esto último. A continuación me referiré a ello.
Tradicionalmente las carreras de las facultades humanísticas han perdido su dimensión pragmática: mientras que en las ciencias se estudia para adquirir títulos que certifiquen la idoneidad para poder operar en ciertos ámbitos, la finalidad de las carreras humanísticas es bastante difusa, lo cual puede verse si se analizan los proyectos de investigación que subvencionan dichas facultades. Yo creo que en la actualidad, a pesar de todas las argumentaciones apasionadas que se desarrollaron durante el siglo XX, la aseveración de Auguste Comte es cierta: la ciencia es el último estadio del conocimiento humano. A la filosofía no le corresponde ya competir con el conocimiento científico. Entonces, ¿qué rol puede desempeñar la filosofía?, o lo que es lo mismo, ¿existe alguna justificación verdaderamente racional para que se sigan otorgando diplomas en las áreas de las carreras humanísticas? Mi respuesta es tajantemente afirmativa. En efecto, considero que existen tres funciones que corresponden a la filosofía por derecho propio:

1.      Propedéutica: La filosofía es esencial para fecundar el pensamiento humano. Su historia es inmensamente rica, y aunque la filosofía mal entendida puede estancar el progreso científico, no existe ninguna otra disciplina que pueda volver a los hombres tan cultos e ingeniosos.
2.      Correctiva: La filosofía puede corregir la estrechez de mente propia del científico especialista. El filósofo aunque no puede ya establecer apriorísticamente los hechos, puede discutir las interpretaciones que realizan los científicos, sobre todo cuando realizan generalizaciones y extrapolaciones. En este sentido el filósofo es como el tábano que describe Platón en la Apología de Sócrates, bregando por mantener despierto al corcel que representa a la ciudad. (En nuestro caso, a la comunidad científica).

Sobre la tercera función quisiera extenderme más largamente. Tal como ha puesto de manifiesto Pierre Hadot, en la Antigüedad la filosofía constituía un modo de vida. Durante la Edad Media la filosofía era la sierva de un particular modo de vida: el modo de vida teológico/religioso propiciado por las religiones del Libro. Yo creo que en la actualidad la filosofía debe recuperar esa particular función existencial. En efecto, tomando prestada una parte del titulo del libro Edward Wilson, la filosofía tiene que constituir la nueva síntesis. Así, dado que los conocimientos científicos son múltiples y se encuentran actualmente dispersos, es la función de un tipo muy especial de filósofo el realizar una síntesis para los fines adaptativos del hombre. La filosofía tiene que ser una pragmática que conjugue los distintos conocimientos científicos que ha adquirido el hombre, para poder realizar una respuesta culturalmente adaptativa. La filosofía, valga la redundancia, tiene que constituir el enlace entre el conocimiento del mundo que nos dan las ciencias, y el modo (o los modos) en que el hombre tiene que vivir para lograr el fin de la ciencia: el control del medio.        

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